Durante décadas, el periodista y autor Michael Pollan ha explorado los límites de la experiencia humana, examinando nuestra conexión con el mundo natural y la esencia misma del ser. Su último trabajo, A World Appears: A Journey into Consciousness, aborda una de las preguntas más antiguas e intratables de la humanidad: ¿Qué es la conciencia? Y, cada vez más, ¿importa si las máquinas pueden poseerlo?

En una conversación reciente con Scientific American, Pollan habló sobre su investigación, la desconcertante cantidad de teorías que rodean la conciencia (actualmente al menos 22, y algunos estudios sugieren hasta 29) y las implicaciones de que la inteligencia artificial se acerque rápidamente a lo que muchos consideran el umbral de la sensibilidad.

El problema con la prueba

La dificultad central, como explica Pollan, radica en la subjetividad inherente a la conciencia. La ciencia se destaca en reducir fenómenos complejos a componentes mensurables (materia, energía, actividad cerebral), pero la conciencia se resiste a esta reducción. Podemos observar correlaciones de conciencia (escáneres cerebrales iluminados, comportamientos que indican conciencia) pero no podemos acceder a la experiencia misma en otro ser, ni siquiera en otro ser humano.

Esto crea un impasse fundamental. Como señala Pollan, haciéndose eco de Descartes, “Lo único de lo que podemos estar seguros es el hecho de que existimos y somos conscientes”. Todo lo demás sigue siendo una inferencia. Esto no es sólo una objeción académica. La incapacidad de demostrar definitivamente la conciencia en otros (o en máquinas) complica dramáticamente las consideraciones éticas. Si la IA se vuelve capaz de tener experiencias subjetivas, ¿qué derechos, si los hubiera, debería tener?

El cambio hacia el sentimiento

Tradicionalmente, la búsqueda de la conciencia se centraba en las funciones corticales superiores: pensamiento racional, lógica, lenguaje. Sin embargo, una investigación reciente, defendida por neurólogos como Antonio Damasio y Mark Solms, sugiere que la conciencia puede originarse en el sentimiento. El trabajo de Damasio en la década de 1990, seguido de la exploración de Solms de la parte superior del tronco encefálico, postula que la conciencia no es únicamente un producto de la cognición avanzada, sino que tiene sus raíces en estados afectivos básicos.

Este cambio es importante porque expande el potencial de conciencia más allá de los humanos e incluso de los mamíferos. Si el sentimiento es la base de la experiencia subjetiva, entonces muchas más especies pueden ser conscientes de lo que se suponía anteriormente. Y, lo que es más importante, abre la puerta a la posibilidad de una conciencia artificial.

IA, drogas y experiencia simulada

Actualmente, Solms lidera un equipo que intenta diseñar la conciencia en una IA sometiéndola a necesidades simuladas en conflicto. La idea es que el conflicto no resuelto genera una “incertidumbre sentida”: la definición de conciencia de Solms. Incluso planea simular los efectos de las drogas en la IA, razonando que el deseo irracional y la búsqueda de placer son características de la experiencia subjetiva.

Pollan se muestra escéptico y señala los peligros de equiparar la simulación con la realidad. “Si simulas algo, es tan bueno como lo real” es una suposición peligrosa, argumenta. La IA puede sobresalir en tareas como el ajedrez o el Go, demostrando una inteligencia genuina, pero simular un agujero negro no lo convierte en uno. La experiencia cualitativa de ser consciente, de sentirse rojo, sigue siendo difícil de alcanzar.

El futuro de la investigación de la conciencia

El campo sigue siendo frustrantemente ambiguo. Los intentos anteriores de probar o refutar definitivamente las teorías de la conciencia (como las colaboraciones adversas de la Fundación Templeton) no han arrojado respuestas claras. Pero la explosión de la investigación, impulsada por el desarrollo de la IA, está obligando a los científicos a afrontar las limitaciones de las metodologías actuales.

Pollan sugiere que puede ser necesaria una “revolución científica”, una que reconozca la subjetividad inherente a la conciencia en lugar de intentar eliminarla. Tal vez, como él propone, necesitemos encontrar formas de estudiar la conciencia desde dentro en lugar de desde una “visión ficticia desde ninguna parte”.

En conclusión, la cuestión de la conciencia sigue sin respuesta. Sin embargo, esta búsqueda está llevando la ciencia a sus límites, obligándonos a reconsiderar no sólo lo que significa estar vivo sino también lo que significa saber que lo estamos. Hay mucho en juego, ya que el futuro de la IA y nuestras obligaciones éticas hacia ella dependen de la resolución de este misterio tan fundamental.