Durante décadas, los científicos se han preguntado por qué la mayoría de la gente asocia instintivamente la palabra “bouba” con formas redondeadas y “kiki” con formas puntiagudas. Este fenómeno, conocido como “efecto bouba-kiki”, se ha propuesto como una posible pista sobre cómo los humanos vincularon por primera vez los sonidos con el significado en el desarrollo del lenguaje. Sin embargo, un nuevo estudio revela que incluso los pollitos exhiben esta misma preferencia, lo que sugiere que la conexión es mucho más primaria (y menos exclusivamente humana) de lo que se creía anteriormente.
El vínculo universal entre sonido y forma
El efecto bouba-kiki no es sólo una peculiaridad de la cognición humana. La investigación entre culturas confirma que las personas están universalmente de acuerdo en estas asociaciones, independientemente del idioma o sistema de escritura. Algunas teorías sugieren que esto podría deberse a cómo se mueve nuestra boca al emitir los sonidos (redondeo para “bouba”, movimientos bruscos para “kiki”). Pero el nuevo estudio pone en duda esa idea.
Los pollos ingresan a la ecuación
Investigadores de la Universidad de Padua en Italia probaron polluelos recién nacidos antes de que pudieran aprender de su entorno. A los pájaros se les presentaron formas redondeadas y puntiagudas mientras escuchaban “bouba” o “kiki”. Los resultados fueron sorprendentes: El 80% de los polluelos prefirieron consistentemente la forma redondeada cuando escuchaban “bouba” y la forma puntiaguda cuando escuchaban “kiki”. Esta preferencia innata descarta un comportamiento aprendido, lo que implica un sesgo perceptivo profundamente arraigado.
“Nos separamos de las aves siguiendo la línea evolutiva hace 300 millones de años”, señala la lingüista Aleksandra Ćwiek. “Es simplemente alucinante”.
¿Qué significa esto para la evolución del lenguaje?
El descubrimiento complica la idea arraigada de que el efecto bouba-kiki explica los inicios del lenguaje. Si las gallinas comparten este instinto, el vínculo con los orígenes del habla humana se vuelve menos directo. En cambio, el efecto puede representar una capacidad cognitiva fundamental: conectar experiencias sensoriales (vista y sonido) de una manera que ayude a los recién nacidos a interpretar rápidamente su entorno.
Estudios anteriores encontraron que los grandes simios fallaron la prueba bouba-kiki, reforzando la idea de que era exclusivamente humano. Pero los investigadores ahora sugieren que los simios pueden haber pensado demasiado en la tarea debido al entrenamiento, en lugar de confiar en su instinto.
Más allá del lenguaje: una conexión cognitiva más profunda
Las implicaciones van más allá del simple lenguaje. El efecto bouba-kiki puede ser una prueba de cómo los animales, incluidos los humanos, evolucionaron para darle sentido al mundo físico. Los objetos redondos tienden a producir sonidos más suaves y de menor frecuencia cuando se mueven, mientras que los puntiagudos crean ruidos más agudos y de mayor frecuencia. Esto podría explicar por qué nuestros cerebros asocian instintivamente ciertos sonidos con ciertas formas: un mecanismo de supervivencia para encontrar comida o evitar peligros.
El estudio sugiere que bouba-kiki no es una clave para descubrir los orígenes del lenguaje, sino más bien una ventana a las conexiones cognitivas fundamentales que dan forma a cómo todos los animales perciben su entorno. El misterio de por qué “bouba” se siente redondo y “kiki” puntiagudo puede no radicar en el lenguaje en sí, sino en la física profundamente arraigada del mundo que nos rodea.



















