El esquí alpino al más alto nivel no se trata sólo de fuerza y técnica; es una batalla precisa contra la física, donde incluso diferencias microscópicas en el equipamiento pueden determinar la victoria. ¿El mayor obstáculo para cualquier esquiador? Fricción. Durante décadas, los fabricantes han perfeccionado incansablemente el diseño de los esquís para minimizar la resistencia y maximizar la velocidad, y los resultados son sorprendentes.

La evolución de la tecnología del esquí

Un campeón olímpico de 1964 transportado a los Juegos de Beijing de 2022 tendría pocas posibilidades frente a los competidores modernos. Si bien la habilidad sigue siendo crucial, los esquís actuales son fundamentalmente superiores tanto en materiales como en forma. Como señala Stefan Kautsch, físico de la Universidad Northwestern: “La forma determina la estabilidad y la maniobrabilidad del esquí”. Los corredores seleccionan el equipo según las exigencias de la pista: esquís más largos y rectos para giros amplios en slalom gigante, esquís más cortos y con curvas para giros cerrados.

Fricción: el principio básico

Sin embargo, sin importar el diseño, todos los esquiadores enfrentan el mismo desafío fundamental: la fricción cinética. Ésta es la resistencia inevitable que se produce cuando dos superficies se deslizan entre sí. Contrariamente a la intuición, reducir la fricción no se trata de minimizar la superficie sino de maximizar la suavidad. Cuanto menos granular sea el material del esquí, menor será el coeficiente de fricción y, por lo tanto, más rápido podrá ir el esquiador.

Suavidad sobre el tamaño

Kautsch ilustra este punto con un experimento sencillo: ladrillos Lego deslizándose por un plano inclinado. El tamaño no importa, la suavidad sí. Lo mismo ocurre con los esquís: una superficie más lisa, ya sea ancha o estrecha, siempre superará a una más rugosa. La fricción no es el único factor que influye en el rendimiento, pero sin lugar a dudas es una prioridad para cualquier esquiador de élite que se enfrenta a un descenso pronunciado.

La carrera por el oro se reduce a una búsqueda incesante de la mínima fricción, donde incluso la ventaja más pequeña puede significar la diferencia entre ganar y perder.