Durante siglos, el café ha sido más que una simple bebida; ha sido un punto de inflamación cultural y política. Desde los antiguos monasterios sufíes hasta los cafés modernos, la bebida ha inspirado devoción, debate e incluso prohibición absoluta. A lo largo de la historia, gobernantes y autoridades han intentado suprimir el consumo de café, a veces con consecuencias brutales, incluidas ejecuciones. He aquí un vistazo a cuatro casos en los que beber café era ilegal… o algo peor.
La primera represión: La Meca en el siglo XVI
Alrededor del año 1500, el café llegó a La Meca, ganando rápidamente popularidad en los cafés frecuentados por lugareños y peregrinos. Este repentino lugar de reunión social generó sospechas en el funcionario de La Meca, Kha’ir Beg, quien, en 1511, presionó a los eruditos para que declararan que el café era dañino, embriagador y caldo de cultivo para el “mal comportamiento”. Se cerraron cafeterías, se quemaron granos y se golpeó a los bebedores.
Sin embargo, la prohibición no duró. El sultán Al-Ashraf Qansuh al-Ghuri anuló la decisión, permitiendo el consumo privado y manteniendo cerrados los cafés públicos. Esto ilustra un patrón recurrente: el poder social del café era a menudo la amenaza real, no la bebida en sí.
Estambul bajo el reinado del terror: las medidas extremas del sultán Murad IV
Más de un siglo después, el sultán Murad IV del Imperio Otomano adoptó una postura mucho más extrema. Los cafés eran vistos como antros de rebelión, donde la disidencia y los levantamientos podían agravarse. Murad IV, que llegó al poder a través de rebeliones, estaba paranoico e implementó una prohibición total con pena de muerte para el consumo público.
Las historias de la época describen al sultán ejecutando personalmente a bebedores de café y tabaco, solidificando su brutal reputación. Esta prohibición no se trataba de salud o economía; se trataba de control absoluto.
Las obsesivas prohibiciones de Suecia: cinco intentos de detener el frijol
Suecia prohibió la importación de café cinco veces distintas entre 1756 y 1817, no por razones morales, sino por preocupaciones económicas. El país enfrentó un déficit comercial y las importaciones de café agotaron valiosas divisas.
A pesar de las prohibiciones, la aplicación de la ley fue severa: la policía arrestó, multó y encarceló a cualquiera que fuera sorprendido bebiendo o vendiendo café. Un mito popular afirma que el rey Gustav III llevó a cabo un ensayo médico con gemelos, uno bebiendo café y el otro té, y ambos le sobrevivieron. Es probable que el juicio sea falso, pero las prohibiciones fueron muy reales y se aplicaron sin piedad.
Los “esnifadores de café” de Prusia: una fuerza secreta contra los granos ilícitos
En 1777, Federico el Grande de Prusia condenó el café como un lujo para la élite y una carga para la economía. Estableció un monopolio real, encareciendo el café e impulsando el contrabando clandestino. Para combatir esto, Federico creó los Kaffeeschnüffler, literalmente “esnifadores de café”.
A menudo se trataba de veteranos de guerra heridos encargados de patrullar las calles, oliendo el aroma de los frijoles tostados ilegalmente. Los capturados se enfrentaban a fuertes multas y una cuarta parte iba a parar al rastreador como recompensa. Esto ilustra hasta dónde llegarían las autoridades para hacer cumplir una prohibición, incluso recurriendo a métodos no convencionales.
Hoy en día, las prohibiciones totales del café son raras. La atención se ha desplazado hacia factores económicos como los aranceles y el cambio climático, que impactan los precios pero no la legalidad. Sin embargo, la historia demuestra que la gente siempre encontrará maneras de conseguir su dosis, incluso bajo la amenaza de un castigo severo. Resulta que el café es una bebida por la que vale la pena luchar.




















